Historia 7 Reyes, un viaje a nuestro pasado

 

Cuando contemplamos el escudo de Aragón, en su cuartel superior derecho figura un árbol surmontado por una cruz, un escudo parlante – pues dicha figura heráldica supuestamente dio nombre a esta comarca, Sobrarbe, “sobre arbre” – que desde finales del siglo XV figura en el blasón de este antiguo Reino, dando muestra de la aceptación de una leyenda urdida por los cronistas del Reino aragonés y el monasterio de San Juan de la Peña, de unos reyes de estas tierras del Sobrarbe, que en el 724, elegidos por los nobles de la tierra, iniciaron, a modo del astur “Pelayo” la “reconquista” de estas tierras que fueron primero un minúsculo reino, el de Sobrarbe, unido posteriormente al de Navarra – de tal manera que los historiadores navarros y aragoneses polemizarán sobre la preeminencia de tales reyes en uno u otro reino, ya que sus nombres parecen haber sido tomados en algunos casos de los de algunos reyes del área de Pamplona - y finalmente integrado en el de Aragón. Estos monarcas concederían además los “fueros de Sobrarbe”, tan conocidos como negados dentro del derecho aragonés, que planteaban que el rey era fruto de la elección de sus nobles, que existieron “leyes antes que reyes”, que formaban parte de una corriente política desarrollada en los siglos XV-XVI, el pactismo, con importante influencia incluso en autores extranjeros de tal periodo, por como se establecía el famoso fuero que los nobles supuestamente lograron que aceptara el rey: “Nos que valemos tanto como vos, y podemos mas que vos, vos juramos como rey de nuestro rey, con la condición de que conservéis nuestras leyes y nuestra libertad, y haciéndolo vos de otra manera, nos no os juramos”. Incluso el Justicia, con toda la carga histórica de dicha figura, se consideraba surgió de tal sistema, para mediar entre rey y nobles.

 

Una leyenda, fruto de la historia, que como la historia misma, fue “arma” en el combate ideológico frente al autoritarismo monárquico, que desembocó en las alteraciones del reino de 1591, y en la perdida de parte de la identidad aragonesa. Pese a ello, perduró tal leyenda, al resaltar la antigüedad de la corona aragonesa, durante el siglo XVII, antes de caer abatida por los concienzudos y razonados trabajos de ilustrados e historiadores del siglo XIX que la rechazaron. Quedó arrinconada la leyenda, como tantas otras, como estas tierras, que en los siglos finales de la edad media había perdido casi su identidad, de tal forma que fue fácil convertirla en cuna de tal leyenda, que las propias gentes de Sobrarbe aceptaron como parte de su identidad histórica, llegándolo a encarnar en si mismos, como sucede cada dos años en la “Morisma”, la representación de la conquista y aparición en la batalla que el primer rey de Sobrarbe mantuvo con los “moros” tras arrebatarles Aínsa, de la cruz sobre la carrasca, que animó y dio la victoria a los cristianos, y donde los vecinos de esta villa, que se considerará capital del Reino de Sobrarbe, asumen sus papeles para seguir representando ante aquel que quiera y se acerque a verlo, un pasado que no por menos verdadero o histórico, es parte de su identidad.

 

Las tierras del Sobrarbe, en su silencio, forzado a veces, parecen seguir dejando huecos a leyendas y digendas, para el que aquí se acerque. Y que tal vez pueda entrever, en las calles y vetustas piedras de la medieval Aínsa o en la ruinas del cercano monasterio de San Victorián. 

 

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